El tianguis como archivo vivo de una ciudad
- Redacción

- 22 jun
- 2 min de lectura
Un tianguis guarda más historia de la que aparenta. A primera vista puede parecer solo un espacio de compra y venta, pero si se mira con atención, funciona como archivo vivo de una ciudad. En sus puestos se acumulan objetos, modas pasadas, economías familiares, memorias personales y formas de supervivencia cotidiana.
Cada mesa tiene una especie de biografía desordenada: juguetes que pertenecieron a otra infancia, ropa de temporadas anteriores, herramientas usadas, discos, películas, cables, adornos, tenis, muebles, revistas, aparatos que quizá todavía funcionan y objetos cuyo valor depende de quién los encuentre. El tianguis conserva lo que la ciudad dejó ir, pero que alguien más puede volver a usar.
También es un espacio de economía popular. Ahí se negocia, se busca, se regatea, se aparta, se recomienda y se conversa. La relación entre vendedor y comprador no siempre es fría. Puede haber confianza, humor, reconocimiento y rutina. Muchas personas no van solo por necesidad, sino por el placer de buscar algo inesperado.
El tianguis revela cambios culturales. Lo que aparece en sus puestos habla de lo que una ciudad consumió, deseó, abandonó o reemplazó. Videocassettes, juguetes noventeros, ropa importada, celulares viejos, bocinas, videojuegos, utensilios, decoración de casas antiguas. Cada objeto es una pista de otra época.
Documentalmente, el tianguis ofrece rostros, manos, sonidos y texturas. La lona, el polvo, el calor, las voces, las bolsas, los montones de ropa, las monedas, los carritos improvisados y los puestos que se arman y desarman forman una coreografía urbana. Es una ciudad temporal que aparece por unas horas y luego desaparece.
También hay una dimensión afectiva. Encontrar algo en el tianguis puede sentirse como recuperar una memoria: una película que viste de niño, un juguete que alguien tenía, una prenda parecida a la de un familiar. El objeto usado no llega vacío; llega con imaginación de pasado.
El tianguis es archivo vivo porque no conserva desde una vitrina, sino desde el movimiento. Las cosas cambian de manos, se reactivan, se transforman. La memoria no está guardada; circula.




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